Todo lo que deseamos es estar cerca de los demás, sentirnos conectados al otro. Amar y ser amados. Compartir el camino de manera gozosa y liviana. Sin embargo, aunque las relaciones forman gran parte de nuestra vida, fallamos una y otra vez en encontrar satisfacción en ellas, lastimamos y somos lastimados. ¿Por qué boicoteamos nuestro bienestar y el del otro de ese modo?

Siguiendo a Su Santidad el Dalai Lama, que afirma que "Las mejores relaciones son aquéllas en las que el amor del uno hacia el otro excede la necesidad que tienen el uno del otro", ilustra en una simple línea la importancia de aprender a distinguir el amor del apego.

¿Qué es el apego?

Es una de las tres principales aflicciones enseñadas por Shakyamuni Buda derivada de la ignorancia raíz. ¿Cómo funciona esta mente? Una vez exageradas las buenas cualidades del otro, proyectamos una inmensa cantidad de expectativas y requisitos en la otra persona para que nos dé felicidad, seguridad, contención, satisfacción. Relacionados desde el apego, saturamos al otro de expectativas (muchas veces demandadas de manera explícita, otras tantas no dichas), y entonces ese otro ser humano vulnerable en su condición de sufrimiento y deseo de librarse de él, se convierte en un objeto para la satisfacción de nuestras necesidades. En el razonamiento de esta mente afligida, quien está en el centro es el yo, el que busca satisfacerse a costo del beneficio ajeno es el yo.
Cuando operamos desde esta aflicción, podemos hacer todo tipo de locuras con tal de preservar o modificar al otro para que se adapte a nuestras expectativas: manipulamos emocionalmente y muchas veces hasta sacrificamos nuestros principios morales con tal de obtener lo que queremos.

Y cuando el otro no responde como esperábamos, ¿qué sucede?

El apego se transforma entonces en enojo, y nos movemos hacia el extremo de exagerar las cualidades negativas de la otra persona hasta verla completamente desfigurada por un ácido que penetra mucho más allá de la piel, que nos destruye a nosotros mismos quitándonos la paz y lastima al otro. Cuando estamos enojados, la aflicción es cegadora y no podemos ver más allá de nuestra mente egocéntrica insatisfecha y corremos riesgo de perder el respeto por la persona que amamos, diciendo cosas y actuando de maneras de las que luego nos arrepentimos con pesar.

Por lo tanto, el fundamento sobre el que debe estar construida toda interacción humana, en primer lugar, es el respeto. 

¿Cuándo llega la buena noticia del amor?

Una vez que el respeto está sólidamente establecido, pues el respeto antecede necesariamente al amor. 
 

¿Qué es el amor?
 

Muy disociada de la definición popularizada en las películas de Hollywood, el amor desde el budismo es el deseo de que un ser sea feliz.
Si partimos de la base de que todos los seres deseamos felicidad para nosotros mismos (aún en los impulsos más destructivos, lo que deseamos es librarnos del sufrimiento y estar contentos y en paz), entonces todos contamos con esa semilla internamente.
El trabajo de desarrollo interno por lo tanto está en animarnos a regar esa semilla para que madure como una arboleda perfumada y frondosa, expandiendo ese deseo hacia los demás. Hacia todos los demás seres.
Nuestro esfuerzo en construir relaciones sanas y realistas, en las que primen el amor y la compasión puede entonces ser un catalizador para el desarrollo de nuestro amor universal, del corazón expandido en las diez direcciones sin condiciones ni verjas. El sólo hecho de imaginar tal inmensidad nos abre el pecho y deja correr una brisa fresca, que apacigua cualquier angustia que estemos atravesando.
 

Es que esta es la cualidad excelsa del amor: sana, redime a la mente de la claustrofobia egocéntrica, alivia de la ignorancia de concebirnos neuróticos y limitados.


Cuando amamos, ¿de dónde proviene la satisfacción?  

La felicidad de una relación en la que gobiernan el amor y el cuidado por el otro, proviene más de la manera en que nosotros nos sentimos internamente hacia él y de las formas en las que expresamos ese amor en nuestra actitud y en nuestros actos, diferente a la tendencia del apego a obtener satisfacción sólo si el otro nos da exactamente lo que deseamos.
Cuando amamos el centro es el otro, y la solidez y la fortaleza provienen de sentir cómo nuestro poder interior se acrecienta cuanto más logramos cultivar esta mente vasta y libre de ego.

¿Qué lugar ocupan los límites cuando se ama?

El amor por definición no tiene medidas, ya que puede expandirse infinitamente como acabamos de señalar. Pero muchas veces podemos demarcar límites claros en la relación con el otro precisamente por el amor y la compasión que le tenemos. Por ejemplo, podemos detener con firmeza a la persona que amamos de que cometa una acción no virtuosa que la conducirá al sufrimiento, o de que perpetúe un ciclo emocional destructivo para ella misma y la relación.

El amor y la compasión no necesariamente se manifiestan externamente con ternura, pero su intención es siempre pura en el deseo de beneficiar.

Luego de leer estas distinciones conceptuales, puede que uno se sienta abatido o desesperanzado en pensar que no construye ni tiene la capacidad de construir relaciones más amorosas, realistas y sanas. Pero dejarse rendir ante los hábitos nocivos del ego es una actitud tan solo infantilista. Nuestro intento puede tener la recompensa de entregar una cantidad inagotable de felicidad a todos los seres a largo plazo... Vale intentarlo, ¿no?

Algunos consejos de principiante a principiante:

  • En el caso de una pareja o amistad, comenzar una relación con una persona con valores y prioridades afines, puede ser conducente para que la relación se vuelva un campo de trabajo y construcción virtuosa mutua.
     
  • Dar lugar a la una exposición clara de cuáles son las prioridades del camino de cada uno, qué es lo que uno tiene para ofrecer en la relación y qué espera obtener o cultivar a partir de ella, puede ser una conversación beneficiosa.  Reanudar esta conversación cuantas veces sea necesario a lo largo del camino, también.
     
  • Reconocer nuestros errores sin buscar justificarnos y ejercitar el hábito de pedir disculpas. Asumirnos humanos y con la misma consciencia, asumir la humanidad del otro: pero perdonar sus faltas sin necesidad de sus disculpas.
     
  • Mantener una comunicación honesta, clara y abierta. Por más de que haya cosas que no digamos, a nivel inconsciente estamos muy conectados con aquellos más cercanos: es inevitable escucharnos y que nuestras emociones se vean afectados por lo no dicho.
     
  • Acompañar y alentar al otro en su camino de crecimiento siempre. Querer ver al otro feliz es querer verlo realizado.
     
  • Ser leales y fieles en nuestra relación. La mentira, la deslealtad -y la infidelidad en el caso de las parejas-, quedan completamente fuera de negociación.
     
  • Respetar el espacio personal del otro como acto de respeto y amor, tanto que se aprende por efecto a honrar y celebrar más aquel espacio compartido.
     
  • Tener claro nuestro Refugio (interno). En el caso de los budistas, nuestro refugio es en Buda, Dharma y Sangha. En el caso de practicantes de otras religiones puede ser el Dios creador, en caso de personas que no sean creyentes pueden ser sus valores, principios, su Sentido de Propósito vital. Un ser humano no puede proveernos de Felicidad trascendental, si bien es usando nuestras relaciones internas con los otros seres como podemos alcanzar esa Felicidad. Cuando tenemos claro nuestro refugio, evitamos sobre-saturar al otro con expectativas sobre lo que esperamos recibir de él. Nuestras relaciones entonces son más realistas y enraizadas, y el otro es un compañero de camino y no la meta en sí misma.

    Finalmente, aunque quede mucho por aprender y decir, las relaciones humanas pueden ser una preciosa oportunidad para la práctica y el desarrollo de nuestras buenas cualidades, como el amor, la compasión, la paciencia, la generosidad, la ética..., un campo para el cultivo de virtud, una oportunidad para encontrarnos a la mente egocéntrica de frente una y otra vez y tener el valor de confrontarla (por el poder del amor), un espacio propicio para el reconocimiento y la superación gradual de nuestras aflicciones, un catalizador de paz para la humanidad.
El compromiso que sostenemos en nuestras relaciones, el trabajo que llevamos a cabo y toda la Belleza como Valor que creamos a partir de ellas, pueden ser una ofrenda de paz, un brote de esperanza en la infertilidad afligida del mundo.

¿Qué reflexiones te incitan estas palabras? 
¿Qué aprendizajes en tu propia experiencia tienes para convidar?

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