Las veo: las manos agrietadas por el sol
cosechando el brote verde
que se posará en mi plato,
para nutrir a mi cuerpo,
para perpetuar mi vida.
Y las siento tan cerca
que puedo acariciar
sus pliegues rugosos
con ternura precisa.


Los siento: los latidos perturbados,
trasnochados, cafeinados,
de las mentes visionarias
diseñando los ingenios
que me acercan virtualmente
a quienes no están aquí.
Y los oigo;
con escucha compasiva,
hasta que encuentran la calma,
hasta que pueden dormir.


La veo: la vista atenta cansada
de la costurera en esa fábrica gris
de la tierra foránea,
hilvanando los bordes
del algodón que rozará mi piel
cuando llegue hasta mí.
Y la sostengo, blandamente,
con la mirada mojada
de mi cielo interno infinito
rebosante de gratitud.


Los recuerdo: los consejos musicales
de cada uno de mis maestros
haciendo de mi mente
un entramado de exerperiencias y saber,
haciendo de mi mente
una discípula de cada ser humano
que me ha tocado conocer.
Los reconozco, 
con la conciencia ampliada
como el cosmos
en constante expansión.
Y los honro:
sé que a cada uno de ellos
debo todo lo que soy. 

Los admiro: los talentos actorales,
de pincel, cuerda y garganta,
las metáforas y versos
que decoraron mis noches
de poesía existencial.
Y el aplauso reverente
me surge como abundante torrente
porque el mundo que percibo
sin belleza del artista
sería un desierto de goce,
un bocado desabrido,
insipidez ancestral.

Los recuerdo: esos cantos de mi madre
y sus brazos siempre abiertos
para arropar mi vuelta a la casa,
perfumada de mirra,
salpicada de cocina
plena de labios colorados
pronunciando las palabras
justas y amorosas
para hacerme madurar.
Y la amo:
A la dueña de ese vientre
que ha concebido mi vida,
la mujer apasionada que me enseñó
los colores, los valores y a rezar.  

Cuando mis ojos son amplios
los destellos de Verdad
dilucidan el engaño
de mi ego separado,
confinado entre barrotes
de independencia ilusoria,
de ira ciega,
aferramiento
y vanidad.
Y lo sé: que yo existo conectada
a la Tierra y cada una
de sus nobles criaturas,
a sus hombres,
a su suelo,
a su viento
y a su mar.
Y lo siento: que a cada uno de ellos,
me une un lazo tan dorado
como el sol de madrugada
y su generosidad.
 
Cuando mis ojos son amplios
me descubro un individuo
heredero de la interdependencia,
un descendiente directo
de la interconcepción.
Y ese darme cuenta es musa
de los sentires excelsos
que me vuelcan a la acción.
Inter-soy o no soy nada,
si yo amo, todos ganan;
darme cuenta desde el pecho:
mi musa de compasión.

Yo Soy un fruto del Todo.
Yo Soy la Hija
de la Interconexión.