En nuestro Planeta Tierra todos los seres vivimos sumidos en una realidad absolutamente interdependiente, en la que estamos conectados los unos a los otros por una red invisible ante los ojos del egocentrismo, pero inevitablemente evidente ante los ojos del amor, la sabiduría y la compasión.

Con la era de la globalización, estas conexiones se multiplican, intensifican y evidencian aún más. Podemos conocer a través de los descubrimientos científicos cuánto afecta nuestra imprudencia a la pureza ambiental de la Tierra: sabemos que un derrame aparentemente aislado de petróleo, arruina cientas y miles de vidas animales y humanas. Sabemos que muchas enfermedades que antes eran incurables, hoy son tragedia añeja para la humanidad entera gracias a la contribución de la medicina moderna (de seres humanos que han dedicado tiempo y energía en trabajar para el beneficio de todos). También sabemos que un miembro familiar que amanece de mal humor y despotrica en contra de otra persona de la familia, afecta la armonía del ambiente para todos los habitantes de la casa, y consiguientemente, para muchas de las otras personas con los que los miembros de esa familia se relacionen ese día.

Es indudable: nuestra manera de ser tiene un impacto inmediato en quienes nos rodean. Y si nos sentamos a contemplar atentamente, nos volveremos conscientes de cómo estas acciones a su vez generan un efecto ondulatorio que incide mucho más allá de nuestro entorno aledaño.  

Cada pensamiento, acción y palabra individual, es como una piedra lanzada al lago existencial infinito que aloja la vida de todos los seres. De qué modo incide en la totalidad del lago cada una de las piedras que lanzamos, depende de la intención, la fuerza y la manera con la que ejercemos ese movimiento.

A medida entonces que estas conexiones con los demás se amplían, también la posibilidad del conflicto. Allí donde hay un ser sintiente, hay una mente condicionada por el karma y las aflicciones. Por lo tanto, allí donde hay un ser sintiente, hay sufrimiento.
Nuestra relación con el otro está atravesada por nuestra condición existencial afligida. Hacernos conscientes de este hecho nos ayuda a reducir la probabilidad de que esa posibilidad de conflicto se manifieste. ¿Por qué? Porque al tomar consciencia de cuál es nuestra condición real actual, podemos hacer uso de nuestra inteligencia humana para que nuestras relaciones con los demás se conviertan en campos fértiles para el cultivo de causas de felicidad y no para la creación de más causas de sufrimiento.


¿Cómo emprender este camino?
 

Si comienzo por saberme un ser humano vulnerable ante mi condición de estar influenciado por mis aflicciones, doy el primer paso de humildad.

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Si prosigo por hacerme responsable de trabajar para subordinar mi mente mediante el apaciguamiento de mis aflicciones, doy el segundo paso de responsabilidad, y hago un uso habilidoso de mi libertad.

Si avanzo reconociendo que cada uno de los seres que me rodean es igual a mí en esta condición, y desearía ser libre de ella tanto como yo, doy el paso corajudo de empezar a cultivar la compasión.


¿Cómo poner este proceso en práctica en la vida cotidiana en situaciones de conflicto?

 

He aquí algunos consejos prácticos de principiante a principiante:


1-      Dejando de lado el hábito de culpabilización.

La culpabilización del otro y la auto-victimización son dos extremos del orgullo posicionando nuestro yo como el centro del asunto.

Ésto no significa que deberíamos pasar por alto acciones del otro que están dañándolo o están causando daño a otros a su alrededor. Sin embargo, el acercamiento a conversar con el otro acerca de nuestra percepción de sus acciones como negativas (siempre desde el lugar humilde de sabernos en primer lugar tan imperfectamente humanos como él), puede hacerse desde un lugar compasivo de sincera preocupación e intención de cuidado por el bienestar de los demás, y no desde un lugar de condena o de pobres víctimas pasivas ante la inclemencia del otro. Nuestro ego tiene maneras muy creativas de hacernos creer una y otra vez que somos lo más importante y que el bienestar del otro es o no lo es de acuerdo a si contribuye a nuestro confort o no.

Todo conflicto sucede a causa de una serie incontable de causas y condiciones que se reúnen y dan como lugar esa situación: ni el otro ni nosotros mismos somos la única causa del problema. No existe evento alguno originado de una sola causa.
Detenernos a reflexionar sobre la interdependencia, sobre cómo el interjuego de las aflicciones de cada una de las personas involucradas, las circunstancias externas y otras condiciones ambientales e incluso universales por fuera de nuestro control han colaborado en la creación de determinado conflicto, nos ayudará a amansar nuestra tendencia de condena, que surge de nuestra solidificación de las situaciones y las personas como algo fijo, estático, permanente, independiente.


2-      estableciendo una motivación beneficiosa antes de acercarnos a conversar con el otro.

Si observando  nuestra mente notamos la presencia fuerte de una aflicción (por ejemplo, el orgullo), notando el peligro de que la interacción con el otro desde ella resultará en sufrimiento mutuo, podemos elegir conscientemente acercarnos al otro en otro momento en que nuestra mente esté calmada.
Luego, cuando nuestra mente está sosegada, podemos desde ese espacio donde naturalmente habrá mayor claridad, establecer una motivación altruista antes de dirigirnos a conversar con el otro: Que esta conversación sea de beneficio para el otro, para mí y para todos los seres a largo plazo. Que mi escucha sea activa y compasiva, que mi habla sea prudente, sincera y amorosa.
Establecer una motivación que sea beneficiosa, más allá de cuál sea la desenvoltura de la conversación y cuáles sean sus resultados inmediatos, establecerá una causa de dicha en nuestra mente, reforzará conexiones neuronales que nos inducirán a ser más comprensivos y altruistas en próximas interacciones, y servirá como establecedora de un ambiente de paz.
Sin dudas, si nos  aproximamos al otro habiendo ejercitado nuestra mente de este modo, esta motivación se reflejará en nuestra actitud y él/ella sentirá calidez humana en nuestra presencia.


3-      comenzando por reconocer que el conflicto ha tenido lugar porque nosotros le hemos dado lugar en nuestra mente.

Es decir, reconocer que si nosotros ante determinada situación no hubiéramos generado una aflicción (por ejemplo, enojo), el conflicto no existiría.

Las aflicciones nos hacen distorsionar la realidad de lo que el otro es. El enojo exagera las cualidades negativas del otro y hace que lo percibamos como 100% negativo (¡dejándonos comparativamente a nosotros mismos en un lugar de blancura existencial, claro!).
Desde un ejemplo pequeño como nuestro compañero de trabajo dejando su taza de café sucia en la cocina todas las mañanas y siendo nosotros quien debe lavarla hasta un amigo criticándonos en público, un vecino ruidoso por las noches o el líder político y su corrupción estafando la confianza del pueblo a quien debería servir… Si ante cada hecho que sucede en nuestra realidad dual que percibimos como desagradable o indeseable, reaccionamos con aversión y nos enojamos, estaremos reforzando el hábito de proyectar la existencia del enemigo en el exterior. Por lo tanto, buscaremos combatirlo y vencerlo para alcanzar nuestro deseado estado de comodidad y bienestar.

Razones para culpar al mundo y posicionarnos como víctimas de nuestras circunstancias siempre abundarán si elegimos tomar esta actitud: perderemos trabajos, nos defraudarán amigos, partirán nuestros seres queridos, el clima tormentoso arruinará nuestra fiesta, la comida no sabrá tan rica como quisiéramos, seremos criticados, a veces no tendremos suficiente dinero para conseguir lo que queremos, enfermaremos... y eventualmente, moriremos.
A pesar de que estos hechos sean convencionalmente negativos, podemos observar cómo es nuestra reacción ante ellos lo que nos hace sufrir, y no los hechos en sí mismos.
Por ejemplo: Si un amigo señala nuestras faltas en público e inmediatamente nos sentimos atacados y desde el enfado buscamos defender nuestra imagen, ¿quién está ocasionando en verdad el malestar: nuestro amigo, sus palabras o nuestro enojo ante sus palabras?
Si por el contrario, al escuchar esta crítica, elegimos ver a nuestro amigo como nuestro aliado en nuestra labor de convertirnos en personas más humildes, menos preocupadas por su imagen y más ocupadas por su crecimiento interior, nos reiremos y asentiremos, elegiremos el silencio o cualquier otra respuesta desde la intención de tomar esta circunstancia como una oportunidad de progreso interior y no como una amenaza a nuestro bienestar. En este caso, ¿quién está creando la fortuna: nuestro amigo, sus palabras o nuestra práctica ante ellas?

Aunque no necesariamente expresemos esto verbalmente (que puede ser un impulso del orgullo), podemos internamente agradecer a todo ser o circunstancia que provoque nuestra ofensa o incomodidad, por darnos una oportunidad más de desarrollo.
 

4-      Reconociendo que hay acontecimientos en este mundo que son indeseables para todos los demás, no solamente para nosotros.
 

Esta realización nos hará salir de nuestro capullo de obsesión pupocéntrico, haciéndonos dar cuenta de que no solamente nosotros, sino ningún otro ser, desea encontrarse con lo desagradable o indeseable.
El reconocimiento de cómo a nosotros nos duele cuando alguien nos miente, defrauda o critica, nos detendrá ante el próximo impulso de querer provocarle este sufrimiento a los demás. Y cuando otra persona se enoje, entristezca o sufra de cualquier otro modo a causa de sus aflicciones, lo comprenderemos desde un lugar profundamente empático y podremos desear que sean libres de ese malestar generando compasión en nuestra mente, en lugar de culparlos interna o verbalmente por su reacción. Reflexionar de este modo ensanchará nuestro corazón valiente ante el sufrimiento, acrecentará nuestra compasión y nos hará sentir conectados con todos.

El verdadero enemigo es la aflicción y es a ella a quien debemos oponernos; no al otro ser humano que es igual a uno mismo en su deseo de no querer sufrir y querer ser feliz.
 

5-      Tomándonos siempre a nosotros mismos como ejemplo (para des-centrarnos).

Ante cada encuentro y conversación, como antesala de toda relación, en cada humana interacción, podemos cultivar la consciencia de estos pensamientos correctos (pues están alineados con la realidad):

Así como a mí me sucede sufrir a causa de mis aflicciones, también a la otra persona.

Así como yo a veces no puedo concentrarme presa del deseo febril, también le sucede al otro.

Así como yo no puedo dormir cautivo de mi enojo pensando en maneras de vengarme verbal o físicamente de ese otro que me ha ofendido, también le sucede a otros.

Así como yo a veces me considero el ombligo del mundo, y esclavo de mi soberbia me creo superior a los demás, también, a veces, le sucede al otro.

Así como yo a veces celo la buena fortuna de los demás, así también los otros sufren a causa de los celos.

Así como a veces me cuesta discernir cuáles son las maneras adecuadas de actuar para crear causas de felicidad y evitar causas de sufrimiento, también le cuesta discernir a otros.

Mis circunstancias en esta vida hacen que tenga la fortuna de contar con alimento diario, un hogar seguro, medios económicos, la posibilidad de ver y oír, suficiente libertad e inteligencia para trabajar con mi mente y demás riquezas vitales. Sin embargo, estas circunstancias son temporales, y en cualquier momento podrían cambiar. Esta consciencia me hace responsable y me imbuye de un sentido contento de urgencia por usarlas de manera habilidosa y no desperdiciarlas.
Sin embargo, no todos cuentan con estas circunstancias.

Y yo podría ser ese otro revolviendo la basura en busca de alimento.
En vez de culparlo por derramar la basura en mi vereda, puedo extender mi mano en su ayuda. Ese otro mañana podría ser yo.

Yo podría ser ese otro siendo despedido de su trabajo. En vez de ignorar su preocupación, puedo extender mi mano en su consuelo.

Yo podría ser ese otro siendo criticado en esta reunión. En vez de sumarme a la crítica colectiva, puedo señalar una buena cualidad suya que ayude a relativizar la percepción distorsionada de quienes critican.

Yo podría ser ese otro que duela.

Yo podría ser ese otro que llora.

Yo podría ser ese otro que anhela.

Y como soy tan humano como el otro,
como estoy inextricablemente conectado con el otro…

YO SOY ESE OTRO.


¿Quién es el verdadero enemigo?
¿Quién es el verdadero amigo?

 

¿Cuáles son tus reflexiones y descubrimientos con respecto a esta práctica?
Me encantará escucharte.

Que tu responsabilidad creciente te moldee para convertirte en un agente de paz de este mundo, por el beneficio de todos, es mi deseo.


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