Hace cuatro años y medio
vivía en una isla 
en Oceanía 
y devoraba los libros
de Lama Yeshe
entre turno y turno
de mi rol como mesera
en un restaurante cool.
Hace cuatro años y medio
usaba anillos en los dedos
transpirados por el ansia
de conocer
de aprehender
de realizar
la Verdad.
De un afilador interno.
De sacarle todo el jugo 
a mi humana encarnación.


Hace cuatro años y medio
me hospedaba en la casa
de un cazador
con sarcasmo entre los labios
y lloraba por las noches
por sobrarme la empatía
pero aún no saber nada
de lo que es la compasión.
Por no saber de esa espada
que es la sabiduría.
Y llorar por este mundo.
Y llorar de incomprensión.


Hace casi ya un lustro 
de esas mañanas verdosas
en las que me imaginaba
como un mito idealizado
a la mujer 
atrevida
corajuda
que aunque teme arremangarse
salta pese a su temblor;
por andar ese camino
de estudio y contemplación
de saber qué es la conciencia
del para qué de la Vida
de cómo hacer de la Tierra
un lugar con corazón.


Esas mañanas de meditación
sin saber bien 
el método preciso,
pero que, por el febril deseo
de en alguna tierra firme
bajo un cielo encontrarlo,
con esmalte en esas uñas
y el pelo descolorido
hace cuatro años y medio
dicha joven que era ayer
sembró causas para darle
hoy a luz a la mujer
que se postra ante los Budas
y se instruye en su legado
con ardor por despertar,
con Verdad 
entre mis manos.
La mujer que hoy soy yo.