Yo le cuento a los vecinos

los parientes

los amigos

sobre todos tus errores

con la misma virulencia

que recita sus versos

un poeta a su amada.

Pero cuando se refiere

a mis fallas, hermano,

yo las sepulto en el cofre

de recuerdos imprecisos,

me envuelve la cobardía

encarnada en mi voz

y defiendo mis derechos

con ahínco juvenil

incapaz de tolerar

el escarnio

la condena

la crítica

el pesar

que a ti no dudo infligir.

Yo celebro tus condenas,

que nunca parecen ser

lo suficiente severas,

lo bastante duraderas,

remordimiento que arda

lo suficiente en tu almohada.

Me regocijo en saber

por parientes,

por amigos,

que te acecha la desgracia

que la rueda ha girado

que ese karma malo

que sembraste al herirme

al fin te ha encontrado,

y por haber sido yo

el herido en cuestión:

qué bueno que haya brotado

a tiempo y multiplicado.

¡Ay de mí, si me juzgara

con la misma intensidad!

¡masoquista!

¡mártir loco!

así me podrían llamar.

Mucho escucho por ahí

del poder de perdonar;

en exiliados de Tíbet

de miradas montañosas

de pelo negro trenzado

de la carne torturada

yo lo pude vislumbrar.

¡Tan sereno ese semblante

de mi Lama tibetano

que no justifica el mal

pero lucha por su pueblo

con saber y con bondad!

¡Tan digno de adoración

es el cuerpo que contiene

la mente cotidiana

de la tierra de las nieves,

que ante prisión abusiva,

treinta años

de tortura y el horror

manifiesta que su miedo

fue a perder la compasión!

Si no pecara de plagio,

como el Pablo de la rica Cordillera,

yo compondría una oda

para el hito del perdón,

pues no hay algo que redima

con exacta potestad;

porque no es sólo virtud,

es la respuesta sensata

al hartazgo del enojo,

es devolverse las alas,

es el amor propio sano,

es razón,

es libertad.

Foto: Capturada por Tibet Net en una charla pública que dio mi maestro Su Santidad el Dalai Lama en Dharamsala, mayo de 2018