Si cuando tú te enojas

yo practico paciencia

y cuando yo me irrito

tú practicas paciencia:

se nos acaban las guerras, amor.

Sembramos las semillas

de volvernos tan bellos

como de la joya

que cumple los deseos,

su esencial resplandor.

La dama de la paz

nos ha visitado

alguna que otra vez

en la que decidimos

arcar la lengua,

—esa de hábitos filosos—,

en favor de hacer del amor

la realidad entre los dos.

¿Por qué no invitarla

a menudo a nuestro hogar?

¿Por qué no alojarla,

como la Tierra al mar?

Padre,

no dejemos

a una multitud de rencores

arrugarnos la cara

antes de tiempo.

No dejemos que se escurra

la oportunidad de sernos

uno al otro

un objeto de arrojada compasión,

no seamos los esclavos

de la tortuosa aflicción.

Y cuando llegue el tiempo gris

—con su inclemencia habitual—

que ni un solo relato

tan agrio

como leche fermentada

sea dicho:

que nuestros labios

hayan sido subyugados

por el poder del perdón,

por la triunfante bondad

por el buen uso

de nuestra humana razón.

Madre,

olvidemos revolearnos

los ojos con desdén

cuando emerge el desacuerdo.

Olvidemos

ese afán de reprocharnos

lo que tú no puedes darme

o lo que yo no soy:

que pronto tú te irás,

que pronto yo me voy.

Hermano hombre,

hermana mujer,

esta noche seamos candelabros

encendiendo con los cuerpos

la presencia efímera

de la lucidez

que nos hace ver

más allá

de este instante.

La lucidez

que nos hace de bastón

hasta cuando la lepra

del dolor inevitable

nos corta las piernas;

mientras la ira

nos ha dejado rengos

incluso

en horas pico de moción.

¡Cuánto amor sacrificado

por un tris de excitación!

Seamos candelabros

que den luz a nuestros ojos,

blanquecinos como perlas,

pulidos por naturaleza

y oriundos

de la profundidad.

Dejemos revelar

fortaleza-tipo-roble

al quitarnos importancia,

con total serenidad,

al ser fieles activistas

sin banderas, con los actos

de la ambicionada Paz;

al tendernos la mano

una vez,

y otra vez más.