En la mañana nos despertamos y vemos que el día está soleado, acompañando gentilmente nuestro plan de ir de picnic: ¡saltamos de la cama con entusiasmo canturreando nuestro tema preferido!

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Al rato encendemos el celular y recibimos un mensaje de alguien anunciándonos que tiene que hablar con nosotros de algo importante: nos preocupamos al ritmo de pensamientos variados que narran historias catastróficas sobre el anuncio que recibiremos de esa persona.

Pasada una hora, la visita inesperada de un gran amigo nos alza la mente como sol de verano y la sonrisa no se desdibuja por unos cuantos minutos de nuestro rostro versátil; para luego, cuando nos sentamos a tomar el té, ver caer esa sonrisa como por un barranco al enterarnos por las noticias que el dólar se ha disparado nuevamente, y nuestro sueldo decae otro poco más que ayer. Sin embargo, cuando escuchamos la noticia del tsunami que ha arrasado a una isla del Pacífico, nuestra indiferencia emocional enfría abruptamente la cocina.

Así, en el transcurso de una hora, nuestro humor ha oscilado tantas veces como ese clima radiante matutino, que para media mañana ya aloja varias nubes-obstáculo para nuestro plan inicial.

 Como nubes en el cielo, así de transitorias son las emociones.

Como nubes en el cielo, así de transitorias son las emociones.

¿Cómo responder internamente a esta montaña rusa de sensaciones placenteras, desagradables y neutras que surgen a diario?

Como bien podemos observar, todos nuestros estados emocionales son impermanentes, es decir, que cambian momento a momento.

Bikshuni Thubten Chödrön dice que, por más que queramos pensar que somos consistentes, y por supuesto, deseemos que los demás lo sean, no lo somos. Nuestra mente responde a los objetos externos alegrándose por aquellos que le agradan, deprimiéndose o enojándose frente a los que la desagradan y con una actitud de “no podría importarme menos” a los objetos que no le interesan.

El depósito de esperanza de bienestar que hacemos en los objetos externos hace que nuestra vida emocional sea como la piel de un camaleón, porque éstos no pueden entregarnos la felicidad duradera que deseamos, y están destinados a cambiar: las relaciones están destinadas a cambiar y a terminar, el prestigio social, el ascenso en el trabajo, el plato delicioso de comida, todos ellos están predestinados a mutar. Si depositamos toda nuestra esperanza de dicha en ellos, nos estamos destinando paradójicamente a la desdicha.

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¿Esto significa que no podemos celebrar un logro, una relación que está siendo satisfactoria, un día libre de sol? No. Simplemente significa que no debemos aferrarnos a esa situación, a esa persona, a esa condición externa como una promesa de felicidad estable: simplemente porque ese pensamiento no está alineado con la realidad, simplemente porque no lo es.

Al mismo tiempo que la conciencia de la impermanencia se convierte en una aliada para que no nos excitemos demasiado y luego caigamos precipitados cuando la situación cambie, también nos sirve como apoyo cuando estamos mal: las situaciones conflictivas, el dolor por la separación, la crisis financiera van a cambiar. El mal humor con el que nos despertamos hoy y del que no encontramos origen, también.

La última enseñanza de Buda fue “Todos los fenómenos compuestos son impermanentes”. Nuestras emociones, las situaciones externas, nuestros pensamientos, todos ellos entran dentro de esta categoría. Dependiendo de muchísimas causas y condiciones, están destinados a cambiar cuando esas condiciones cambian. Por eso, Él nos enseñó un camino mediante el cual cultivar causas internas para alcanzar el bienestar, causas que no dependen del clima, de la situación económica, amorosa o nuestra etapa vital actual. Cultivando esas causas, podemos alcanzar una felicidad estable y duradera que ya no dependerá de condiciones exteriores.

Finalmente, la impermanencia nos trae la esperanza de que momento a momento, hora a hora, día a día, podemos cultivar estados mentales positivos —como el amor, la compasión, la sabiduría—, y con ellos, crear las causas para una felicidad duradera y estable. Podemos entrenar a nuestra mente para responder de estas maneras habilidosas a la alegría, a la tristeza, la pesadumbre, el mal o buen humor, y así, más allá de lo que nos esté aconteciendo en la superficie —de nuestras olas internas—, como señala mi maestro Choegyal Rinpoche: “Nuestra mente será serena y estable como la profundidad del océano”.

¿Lo lograremos de un día para el otro? No. ¿Es fácil hacerlo? Tampoco. Pero, ¡es sólo una cuestión de práctica! Cuanto más repitamos esta manera de responder a nuestro vaivén emocional, más se reforzarán circuitos neuronales para instaurar un nuevo hábito. Cuanto más repetimos una conducta, más fácil se vuelve actuar de esa manera. Observar la impermanencia de nuestra mente y depositar nuestra confianza en ella, sabiendo que no hay hábito que —con gentileza, paciencia y tiempo— no podamos desarrollar, que no hay cualidad que no podamos desplegar, es un tipo de confianza sensata y madura, porque está sostenida por la realidad.

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Seamos budistas o no, la realidad de la impermanencia nos facilita la posibilidad de, momento a momento, moldear nuestra mente y volvernos mejores personas, dejando de reaccionar a cualquier situación o emoción de turno que estemos experimentando: sea lo que sea que esté aconteciendo en nuestras vidas, “Esto también pasará” puede ser el mantra que nos mantenga sobrios hasta en los momentos de engaño más severo y nos asista en desarrollar el estado de serenidad interna que todos anhelamos.

¿Cómo les va al poner en práctica estos conceptos? Me quedo escuchando y acompañándolos.

Que aprendamos a usar la impermanencia en favor de nuestro desarrollo interno y nuestra felicidad duradera es mi deseo.

¡Hasta la próxima!