Los altruistas tienen una mirada diferente del mundo. La perspectiva constituye el corazón del altruismo.
— Kristen Monroe
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Recientemente tuve la fortuna de viajar a Mozambique, país del continente africano, aceptando la invitación de conducir un curso e intentando de acuerdo a mi capacidad cumplir con el deseo y la indicación de Su Santidad el Dalai Lama de difundir los valores humanos de manera secular con el apoyo de la ciencia. La facilitación gozosa del curso de seis días fue parte de mi estadía de tres semanas en la tierra africana empapada de cantos de alabanza, sonrisas dotadas de apreciación y espíritus hambrientos de justicia e igualdad. Durante este tiempo suculento por sus constantes oportunidades de entrega y recepción fraternal, revisando e intentando mantener lo más pura posible la motivación que me llevó hasta allí, y conociendo seres humanos cuyos cursos de acción están coloreados por una motivación maravillosa, reflexioné mucho sobre el significado del altruismo.


Así como lo expresa el reconocido monje budista y científico francés Matthieu Ricard en su bestseller Altruismo, “el amor altruista y la compasión son virtudes cardinales de la vida humana.” Sin embargo, “en el mundo occidental el individualismo es a menudo alabado, apreciado como una fortaleza y una virtud… a veces hasta el punto del egoísmo y el narcisismo.” 

¿Qué valores predominan en una sociedad orientada hacia el otro? ¿Qué valores en una sociedad orientada hacia el self? ¿En cuál de las dos los individuos revelan niveles más altos de bienestar?
Estas son preguntas no solamente válidas, sino urgentes y cruciales si somos seres humanos con cierta predisposición a preocuparnos por la salud a largo plazo del Planeta Tierra que habitamos y la de todas sus criaturas.

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Pero tal como lo señala el brillante erudito y carismático francés, el dogma del egoísmo ha sido escasamente desafiado. “Los sabios” no son ya más el objeto principal de adulación, sino los famosos, ricos y poderosos que han tomado su lugar. Este fenómeno es fácilmente identificable en los medios de comunicación y las redes sociales, en los que el entretenimiento más consumido y los personajes más idealizados son aquéllos que presentan características físicas y materiales que coinciden con ese ideal trivial de éxito predicado por el sistema consumista y materialista en el que vivimos. Un cuerpo y un rostro cuyos rasgos responden a la convención contemporánea de belleza, un auto o celular último modelo, un armario repleto de prendas de marcas costosas reconocidas y un cargo jerárquico en una empresa millonaria multinacional, son objetos de mucho mayor valor y loables de ser difundidos públicamente que un acto benéfico o una vida dedicada al beneficio ajeno. Y es que la bondad, que es la cualidad humana más digna de celebración, es banalizada en un reino en el que desarrollamos desde pequeños un gusto por lo superfluo.

La cultura selfie permea todas las áreas de la vida del hombre moderno, dejando en la penumbra de su sombra a todo aquéllo que no responde a la satisfacción inmediata de los caprichos de su yo. Esta disposición vital egocéntrica es claramente evidenciada por el dicho popular de que “Hay que quedarse sólo con lo que a uno le suma”. Este “sumar” como sinónimo de satisfactor o dador de placer, claro. Si no satisface el placer de tus sentidos, si no es tu pariente o vecino amable, si no te enriquece materialmente, si es un/a personalidad/teoría/religión/camino diferente al/a tuyo/a, si no halaga tus virtudes (o lo que tú crees que son tus virtudes), si te critica, entonces, “no te suma” y ese es argumento suficiente para su descarte y juicio –y tu abandonamiento de cualquier tipo de interés sincero por el bienestar de los seres implicados-.


Esta realidad penosa es la causa principal del consumismo excesivo, la desigualdad social a todo nivel, el fenómeno de bullying en las escuelas, el maltrato verbal y físico en el tránsito, y la guerra, entre incontables otras problemáticas concernientes a  nuestra especie humana. Sin embargo, esta realidad es tan sólo un resultado de un hábito fuertemente arraigado por un exceso de importancia otorgado al interés propio. Y como ya lo había mostrado el pionero de la psicología moderna William James, y así como lo afirma en sus palabras Osel Hita, “Aquello a lo que prestamos atención es lo que prevalece”. En oposición a la visión deformada de naturaleza humana mustia de Hobbes, Nietzsche y Freud, a través de las últimas décadas un número creciente de investigadores han demostrando que la hipótesis de egoísmo universal ha sido desaprobada por la investigación científica. Daniel Batson ha sido el primer científico en investigar si el altruismo no era una forma deformada de egoísmo. Luego de años de investigación científica, Batson descarta esta opción y define al altruismo como un estado motivacional con el fin último de incrementar el bienestar de otro (que es el fin en sí mismo).

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Un obstáculo a tomar acción, que está más allá del control de aquél que desea actuar, no disminuye en absoluto la naturaleza altruista de su motivación. Por ejemplo, por más de que una persona manifieste un deseo genuino de colaborar con la extinción de la hambruna del mundo, a pesar de su imposibilidad de concretar tal meta a corto plazo, su motivación altruista permanece inalterada y es la que actúa como provisora de fuerza aún en medio de la dificultad.
Así como lo explica Ricard, cuando somos movidos por el altruismo, lejos de desesperanzarnos, las dificultades estimulan nuestra inteligencia y compasión y crean nuevas facultades.

Ricard sostiene que no podemos calificar un acto como egoísta o altruista en base a la observación simple de sus consecuencias inmediatas. Tampoco, añado yo, por el aparente éxito o fracaso en la concreción del ideal de alivio del sufrimiento ajeno, ni la forma que toma una acción que observamos en otra persona. 

El altruismo posee dos componentes esenciales: la valoración del otro y un interés o preocupación  por su situación. 

A simple vista, una persona puede aparentar ser altruista por dedicarse a obras de caridad, pero estar siendo movido por una motivación mundana de querer obtener una buena reputación. Si bien sus acciones traen cierto beneficio material inmediato a otros, no podríamos definir su intención inicial como altruista. Por otro lado, un yogi puede pasar treinta años de su vida recluido en la montaña dedicado a la meditación, aparentemente no aportando ningún beneficio a la sociedad ante los ojos del mundo, pero estar siendo movido por una motivación puramente altruista de alcanzar realizaciones espirituales para ser de beneficio a todos los seres con su sabiduría y compasión a largo plazo.   

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La disposición altruista o egoísta es de acuerdo a los estados que generalmente predominan en una persona. Como dijimos anteriormente, la disposición egoísta del hombre moderno es una consecuencia de siglos de habituar su mente con el pensamiento autocentrado. Pero la experiencia de miles de años de prácticas contemplativas atestigua que la transformación individual es posible. Y puesto que la sociedad es una composición de individuos, entonces el cambio social también lo es. Esta potencialidad de cambio positivo ha sido corroborada por expertos de las neurociencias que han verificado que cualquier tipo de entrenamiento produce cambios funcionales y estructurales en el cerebro. Entre ellos, uno de los principales es el norteamericano Richard Davidson.

Si deseamos un cambio colectivo beneficioso a largo plazo, ¿no vale la pena acaso dedicarnos al entrenamiento en el hábito de considerar a otros (todos los otros, más allá de nuestra esfera próxima de familia, amigos y preferidos) en nuestro deseo de felicidad? El rol del afecto y cuidado de otros es crucial a nuestro bienestar. Dependemos de otros desde el momento de nuestra concepción para sobrevivir, desarrollar cada una de nuestras cualidades internas, alimentar y mantener saludable nuestro cuerpo y obtener todo bien material e inmaterial a lo largo de nuestras vidas. Su Santidad el Karmapa expone claramente de manera lógica en su último libro Interconectados que la independencia es una ilusión. No existe libertad por fuera de la ley de la interdependencia. Todos estamos conectados por una red de cooperación infinita, en la que no nos es posible subsistir ni desarrollarnos sin la contribución generosa de los demás seres.

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“Buscar la felicidad permaneciendo indiferentes al sufrimiento de los demás es un error terrible”, también exclama Su Santidad el Dalai Lama, sostenido por el aval de cientos de investigaciones científicas cuyos resultados promueven la necesidad de que reconozcamos al altruismo como un factor determinante de la calidad de nuestra existencia, y que no debería, como dice Ricard, ser relegado al reino del pensamiento utópico noble mantenido por un par de personas naiive.

Les convido algunas historias para la inspiración de esta mente dadivosa para la que todos tenemos el potencial:

Sandy es una mujer sudafricana que participó del curso de seis días que ofrecí en Vilanculos: “Una mente pacífica y feliz: La ciencia y práctica de transformar la mente para el beneficio de uno mismo y los demás.” Junto a su marido Snowy, Sandy fundó el proyecto comunitario Machiila Magic. Este plan inspirador encontró sus orígenes en el año 2000 en la pequeña villa pesquera de Macunhe, en la que Sandy y Snowy mientras vivían allí les ofrecieron a las familias pesqueras una forma de vida sustentable como una alternativa a la pesca, enseñándoles a realizar tejidos artesanales con sus redes de pesca. Movidos por el deseo de extender esta ayuda comunitaria, continuaron su labor solidaria en el pueblo de Vilanculos, en el que dan trabajo a un total de sesenta y cinco familias que producen todo tipo de artesanías con materiales reciclados que Sandy y su esposo compran: desde botellas de plástico y tapitas hasta la madera de barcos de pesca viejos en desuso.

Además de dar trabajo, Sandy y su familia ofrecen calidez humana a cada uno de los trabajadores de su empresa, apadrinan a niños de varias familias ofreciéndoles no solamente apoyo económico, sino también amor desinteresado a lo largo de su crecimiento, y rescatan animales maltratados (entre ellos, Seldom, un perro de raza rottweiler, y Amigo, un cerdo que saluda cariñosamente a Sandy cuando se aproxima a él, como cualquier mascota convencional a la que estamos acostumbrados en Occidente). Matthiew Richard expone firmemente que “Si uno está preocupado por el destino de ciertos animales porque son ‘lindos’ y si uno permanece indiferente al sufrimiento de aquéllos que son considerados ‘feos’, esto es sólo una pretensión de altruismo, inducida por prejuicios y preferencias emocionales.” Sandy y su familia parecen estar camino a la trascendencia de este tipo de discriminación: una cualidad humana digna de respeto y admiración y de ser imitada. Es que todos los seres sintientes son merecedores de nuestro amor y compasión, por el simple hecho de tener la capacidad de la alegría y el dolor, por desear tanto como nosotros ser libres del sufrimiento y alcanzar la felicidad. Cualquier tipo de discriminación es producto de nuestra falta de consciencia con respecto a esta igualdad esencial, y un resultado también de nuestro pensamiento autocentrado.

Paulino Secane es un joven mozambicano que conocí en el vuelo hacia Mozambique, con el que inmediatamente sentí afinidad. Es seminarista de la iglesia católica y pertenece a la Congregación Don Orione, en la que ofrece su tiempo material y energía mental junto con otros seminaristas a niños con discapacidades mentales y motrices –la mayoría de ellos abandonados por sus familias-. De pequeño, Paulino debía trabajar para ayudar a su familia a mantenerse. Trabajaba vendiendo pescado entre otras labores que obraron de impedimento para que Paulino viviera una infancia atravesada enteramente por el estudio y el juego. Sin embargo, no como impedimento para el desarrollo de una capacidad de resiliencia admirable sostenida por el deseo altruista de, tal como lo describe él, “poder ayudar a otros en un futuro”: éso pensaba Paulino mientras trabajaba de pequeño. Una vez que con el paso de los años, su deseo altruista pudo encontrar un cauce para su realización, impulsado por su coraje, Paulino refiere en sus palabras: “Aquí dejamos las aspiraciones personales para entrar en la lógica de las aspiraciones de la Congregación de Don Orione. Nosotros somos llamados a cuidar de ellos [los niños] para unificar. Estamos abiertos a gente de todas las religiones y procedencias. En la diferencia, hay movimiento. Si nos cerramos sólo a los católicos, es la muerte.” Su actitud de apertura y disposición al diálogo interreligioso, me condujeron a establecer una relación de cercanía muy provechosa con Paulino, en la que ambos buscamos nutrirnos mutuamente el uno de la generosidad de conocimiento, tiempo y amor del otro. Este joven mozambicano se me presentó como un ejemplo vivo de una de las revelaciones recientes de las neurociencias, que sugieren que el bienestar brota de un sentido de propósito que trasciende el auto-interés estrecho y de un sentido de estar conectado con otros o pertenecer a una comunidad. La raíz de esta conexión son la compasión y calidez de corazón. Se ha descubierto, también, que aquéllos que tienen este sentido de propósito gozan de la capacidad de resiliencia, mientras aquéllos que no, sufren por la identificación excesiva con sus pensamientos.

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Por último, quisiera finalizar por ahora este tema relevante e inminente para la sanación de nuestra especie y todas las demás con las que cohabitamos la Tierra, con la importancia de tener en cuenta que la bondad y la compasión no son “recompensas” dadas a otro por su buen comportamiento, la atención que nos otorga o el beneficio personal que nos trae. La esencialidad de estas mentes altruistas es promover la felicidad de los seres y remediar su sufrimiento. No depende de cómo los otros se relacionen con nosotros, sino de nuestra relación y actitud interna hacia ellos.

Si la finalidad de la existencia es un sentido de realización, ¿no es tiempo de despertar a la realidad evidenciada por la ciencia y nuestro sentido común de que el egocentrismo no es la vía más habilidosa para alcanzarlo?

El altruismo es una manera de ser en el mundo. Y como no somos nada predeterminado, por fuerza del hábito y la voluntad y haciendo uso de nuestra inteligencia humana y discernimiento, podemos moldear nuestra mente en cualquier forma que deseemos.

¿Por qué no moldearla con una motivación tal que sea de beneficio para nosotros y para todos, ahora y en el tiempo por venir?

¡Hasta la próxima!
Que tu camino sea de puro despliegue de la maravilla de la compasión en tu mente, es mi deseo.