Así como lo ha profetizado Shakyamuni Buda hace más de 2500 años, los humanos de este tiempo vivimos sumidos en la era degenerada, en la que el decaimiento de los valores morales y la intensificación del egocentrismo –denotada explícitamente por la filosofía selfie- son evidentes. La violencia familiar y social y las tendencias auto- destructivas reflejan el menosprecio de la vida propia y ajena. La globalización abre las puertas de la comunicación ilimitada pero el sentido de soledad y enajenación se pronuncia. La educación moderna se centra principalmente en instruir a los niños en el arte de la competencia, excluyendo la instrucción en valores internos y en entrenamiento para dotar a las personas con métodos para trabajar con y superar sus emociones aflictivas –que son la causa del sufrimiento-.

Vivimos en tiempos en que el mundo aúlla en alaridos de desconcierto ante el horror de la violencia, y la fiebre consumista se propone como excitante ante la abulia del sinsentido existencial. Vivimos en la idiosincrasia selfie vanidosa, de intoxicación con uno mismo y búsqueda constante de aprobación y confirmación de nuestra imagen impostada con el ambiente.

Vivimos en un tiempo de negación absoluta de nuestra propia finitud, en el que la posibilidad del florecimiento espiritual duradero yace ensombrecido por el incesante crecimiento de la distracción con aquello que es frívolo y transitorio.

En esta era degenerada, vivimos inmersos en un sistema que se sostiene sobre la aflicción del apego, en la que el motor que nos mueve es el deseo de alcanzar un objeto externo –un bien material, una relación, un logro académico, un status social- que se erige sobre la ilusión de hacernos felices. Tal como la ardilla en la película La Era de Hielo, nuestra existencia se basa en correr tras de la nuez inalcanzable en el anhelo de que sujetarla entre nuestras manos, será el sosiego a nuestro vacío interno insondable.

Pero en esta era degenerada, el desencanto con el sistema y sus valores rigentes, el abatimiento frente al sufrimiento colectivo y las injusticias sufridas por las minorías –incluyendo las que padecen los animales no humanos-, son para algunos hombres un llamado a la Búsqueda.
Así como hay quienes viven conformes con su insatisfacción interna y global, o quienes despotrican o se deprimen ante ella, hay una tendencia creciente en una porción de la humanidad de buscar maneras más profundas de comprender sus mentes y dar sentido a sus vidas; tendencia que se traduce en la búsqueda de diversos caminos espirituales que den espacio para volcar el cauce interno de inquietudes vitales.

 Contemplando la naturaleza de la realidad. Triund, Dharamsala, India

Contemplando la naturaleza de la realidad. Triund, Dharamsala, India

Es un hecho: vivimos en tiempos desafiantes de decaimiento ético en los que la corrupción, la difamación y el bombardeo de quien piensa diferente son validados por los medios de comunicación. En tiempos de desastres naturales que lamentamos ignorando que son maduración de la causa que nosotros mismos creamos contaminando el ambiente por codicia.

El mundo está colmado de sufrimiento: certeza irrefutable.

¿Qué hacemos quienes no sólo nos apenamos frente a esta realidad, pero generamos un deseo genuino por cambiarla de algún modo?

Ser agentes activos en aportar a los cambios externos en pos de contribuir a la construcción de una sociedad más justa, solidaria y equitativa es importante. Pero por más bienintencionado que un ser humano pueda ser, si carece de herramientas para poder transformar su propia mente, ¿cómo podrá lograr un impacto positivo duradero en el medio que lo rodea? Si un ser humano está trabajando por la paz propulsado por la ira, ¿cuánto beneficio puede realmente traer con esta disonancia?
Un ser humano solo no puede acabar con el hambre del mundo, clausurar todos los mataderos ni establecer el desarmamiento colectivo de todas las naciones. Tampoco puede absorber la polución mundial en sus pequeños pulmones ni disolver la avaricia que conduce a muchos de sus hermanos humanos a explotar a los demás.

Darnos cuenta de que no encontraremos solidez ni estabilidad por fuera, nos vuelca la mirada hacia adentro: Yo, desde mi pequeño-gran lugar humano, ¿qué puedo hacer para contribuir a la paz mundial?
La respuesta verbal sigue al sentido introspectivo: Empezando por mí. Haciendo de mi vida efímera un ejemplo de los valores que quiero ver propagados en el mundo, generación tras generación.

En tiempos de declive moral y materialismo, considero crucial que quienes nos planteemos esta pregunta, fortalezcamos nuestro compromiso con el trabajo que hacemos con nuestras propias mentes, que contribuye a la evolución de la humanidad en su totalidad cuando nos volvemos un buen ejemplo. Es urgente que dediquemos nuestras vidas a lo que sentimos en nuestro interior que es realmente significativo a pesar de los mandatos del sistema, y a beneficiar a los demás en la mayor medida de lo posible de acuerdo a nuestra capacidad.

Hay una creciente conciencia a la que se le opone un creciente egoísmo.
Depende de nosotros cada día con qué energía decidimos alinearnos y por lo tanto, qué energía vamos a estar aportando al mundo que habitamos.

Cada mañana podemos tener la aspiración de intentar cultivar un buen corazón a lo largo del día. ¿Qué es el buen corazón? Aquél que brota de la reflexión continua sobre la verdad de que todos los seres quieren ser felices y desean ser libres del sufrimiento tanto como uno mismo: aquél que florece del amor y la compasión.
Como Su Santidad el Dalai Lama aconseja, deberíamos despertar con la intención de ser de beneficio en la mayor medida posible para todos los seres que se crucen en nuestro camino cada día, y si no podemos beneficiarlos, al menos abstenernos de dañar. Deberíamos proponernos cultivar pensamientos beneficiosos hacia los demás, intentando evitar el juicio y la condena, procurando cultivar el deseo genuino de bien hacia todos.
Cada día podemos emerger hacia el encuentro del mundo con la motivación de contribuir al bienestar de todos y de evitar causarle daño a ninguno; de observar con atención plena nuestras tres puertas – nuestro cuerpo, palabra y mente- a lo largo del día para chequear si están en un estado virtuoso –que trae bienestar a nosotros mismos y a los demás- o no, y ser diligentes en trabajar para transformarlo cuando no lo sea.

Cada día al despertar podemos pensar: “Hoy voy a dignificar la presencia de cada ser que intersecta su camino con el mío, honrando su deseo de ser feliz, contribuyendo para que ese deseo se cumpla con mi actitud amorosa y compasiva.”

Cuando nos decidimos y comprometemos a trabajar con nuestra mente, a dedicarnos a conocer la debilidad y el perjuicio ocasionado por nuestras aflicciones – nuestro apego, aversión, orgullo, celos, competitividad- y a esforzarnos en sobreponernos a ellas; cuando degustamos el sabor inigualable de nuestras cualidades constructivas y beneficiosas –como el amor, la compasión, la ecuanimidad, el esfuerzo gozoso, la sabiduría-, el ideal inalcanzable de cambiar el mundo (a veces teñido de pensamiento mágico) se transforma en una posibilidad palpable diaria, medida por la satisfacción cotidiana de la propia experiencia. Cuando vemos cuánto nuestro progreso interno puede expandirse y afectar de manera positiva a nuestro entorno inmediato, esta convicción alentadora se vuelve una fuente de esperanza frecuente que sostiene la llama de nuestro anhelo benigno viva y ardiente, apoyada por un sentido de realidad profundo.

No existe separación entre nuestra generosidad con el mendigo de nuestro barrio y la hambruna colectiva de África. Lo micro y lo macro se funden en un entramado infinito de interconexión: El trabajo aplicado a la transformación de la propia mente, cuando emprendido con la motivación correcta, puede dar fruto como nuestra ofrenda de paz al mundo, puede resonar con el eco amoroso de contribuir a la felicidad de todos los seres.

Les convido una reflexión que compuse hace algunos meses, emergida de mi reflexión sobre la importancia de hacerme responsable por ser un agente activo en participar en el cambio que anhelo experimentar en el mundo que habito, deseando que sea de beneficio y de inspiración para su camino. ¡Hasta la próxima! Los acompaño en su Camino de despliegue de Todo su Potencial.

El día que entendí que mi felicidad es la cosecha de la virtud que planté ayer

y me volví una apasionada de la siembra del bien,

también vi en tus ojos los destellos de esperanza

en un mundo en el que los hombres viven alineados con la Verdad.

Me advertí harta de vivir en esclavitud bajo el mando de un yo ficticio que cruje de egoísmo,

y descubrí que entregarlo todo es mi pendiente con la infinidad de seres que me han amado desde tiempo sin comienzo.

Prefiero abrir la boca para aullarle silencios perfumados de esfuerzo gozoso al tiempo
en lugar de fruncir los labios pronunciando palabras de fatalismo reincidente.

Prefiero ver cada escollo como una suerte de fortuna encubierta, esperando ser revelada por la lucidez de una mirada espiritual creativa.

Hoy voy a resucitar la esperanza del mundo con el capricho de mi poesía devota,
de mi canto recurrente a la posibilidad del amor como antídoto a todo lo que aflige a los hombres.”

 Dolma Ling Nunnery and Institute, India

Dolma Ling Nunnery and Institute, India

 

Melisa Biondi