Eugenia:
Anciana de mirada purgada
por la inevitabilidad
del dolor al nacer
como humana.
Tú has descendido
a los infiernos
de la orfandad,
el abuso,
la violencia y la pobreza,
y te has regenerado
desde la tierra de las cenizas
exiliada de la dicha,
con tu impoluta bondad
que es el refrenamiento
de dañar y el rencor,
que es un loto perenne:
desafía la impermanencia
y es de indómita belleza.

Eugenia:
Tu casa es un albergue de alquimia.
Las personas llegamos
con el corazón roto
para irnos desbordando
contento por la herida;
hay alivio en el frescor
de tu canto resiliente;
tu voz lleva vibración
a lo inmóvil,
a lo terco,
a lo estoico en toda mente.
Tu palabra es asunción,
tu palabra es sol naciente.
Los caninos te rodean
cual ángeles guardianes
que celebran
tu generosidad;
los caninos con la piel escarchada
por la indiferencia
son sanados,
abrigados,
por tus manos arrugadas
de tanto haber labrado
el amor con las hilachas
y las pulgas
que solían colgar
de sus lomos vagabundos:
tu amor es para los seres
de los cielos, Su Presencia.

Eugenia:
tu sonrisa es ofrenda
más valiosa
que un millón de donativos
a la causa más virtuosa.
Ya quisieran los dioses
vivir y morir
en tu intuitiva lucidez
y apreciación de lo sencillo.
Ya quisieran
los que lloran sin consuelo
acuñarse entre tus dedos,
ser repollo,
tus rosales,
o tu helado cotidiano,
ya quisieran
ser tu ovillo.

Eugenia,
curas este mundo
que reúne a multitudes
criaturas con la sola aspiración
de encontrar felicidad:
al zorzal, al humano, a la perdiz,
tú eres la expresión
del Amor
consagrado solamente
porque es dado.
Y por eso yo te llamo:
Doña Eugenia Feliz.

Poema dedicado a Eugenia Tonski, madre de Virginia Gawel, amante de animales humanos y no humanos en el pueblo de Open Door, Provincia de Buenos Aires, Argentina.