Muerte:
ese nombre que atribuimos
al instante
en que la conciencia
deja el cuerpo atrás.
Yaciendo inmóvil,
ya ajeno,
cual extraño forajido
completamente dispuesto,
entregado
sin opción
a la desintegración.

Muerte.
Después de haber desconocido
a quienes eran mis amantes
mis hijos
mis amigos,
enemigos,
después de los temblores,
y la sequía amontonada
en toda mi boca,
se arrimará ese momento
en que sólo 
quedará
la luz.
Y allí
ya no importarán
esos ríos secos
de lágrimas
por los amores
de mi juventud,
por el sí que no me dieron,
por los besos que no di.
Ya no dolerán 
las otras-muertes que duelé,
ni el ceño fruncido
por la desigualdad,
ni la crisis financiera,
ni esos roles que quise ser
y no fui,
ni esas tierras
que quise habitar
y jamás recorrí.
Sólo importará 
cuánto apego
cuánto enojo
cuánto orgullo
trascendí,
sólo importará
el amor que di.

Muerte:
Cuando llegues
bésame la boca
del cuerpo etéreo
que carece de boca
pero tiene escondidos
los canales
los secretos
las ruedas de energía
las memorias
de mi desequilibrio
y madurez emocional.
Bésame donde quieras,
cuando quieras,
yo te esperaré tan lista
como virgen entusiasta
por dejarse cortejar,
como novia decidida
a rendirse a la fidelidad,
—o a un mandato de ser toda
sólo con un otro al lado—,
a los pies del altar.

Muerte.
Tú, que te vistes de misterio
y no eres más
que mi cambio de ropaje,
que mi continuo mental
refrescádose la cara,
muerte incluso ante el peligro
de perder
la vida de pesar
a la que me aferro insistente,
yo siempre te elegiré a ti
por encima de matar.

Muerte.
Ni los aplausos
te retrasarán,
ni los insultos
harán más pronta
tu llegada.
Muerte:
Dime entonces para qué
si me vienes 
pisando los talones,
impiadosa,
desde el día
en que nací,
invierto horas sin retorno
en la mismísima pavada.

Muerte.
Tú serás
la oportunidad
de poner a prueba 
lo que me he dedicado
a practicar.
¡Ay, qué liberación!
Cuando todos mis sentidos,
mis dolores
mis conciencias 
todo lo que era Yo 
todo lo que era mío
se disuelvan,
y sólo quede
la luz clara 
que es vacía
de existencia inherente,
la luz clara como espejo
para que reconozca
que ese yo
por el que tanto sufrí,
por el que tanto mentí,
por el que me empeciné,
jamás ha sido real.

Muerte.
Yo no te tengo miedo,
mujer implacable
con todos
los migrantes,
porque tú serás
la cúpula invisible
que recubra 
mi esfuerzo sagrado 
de cada día de mi Vida
dedicado
a acercarme 
a poder Despertar.